Entre la “lucha” y el robo. Un problema en Cuba

¿Qué es lo que conocemos por “lucha”? Esta palabra tiene sin dudas claras acepciones en el diccionario de la RAE, pero ¿qué entendería un cubano al escucharla?

Probablemente un cubano contemporáneo comprendería rápidamente que, al hablarse de “lucha”, la persona está haciendo referencia a algún tipo de robo o desvío de recursos a menor o media escala. Hablo de estas escalas pues personalmente no he escuchado ese término asociado a personas corruptas en posiciones de poder. A estas personas generalmente se les asocian otros términos, particularmente cuando son descubiertos y “tronados” (o algo similar). Al hablar de corrupción en Cuba, “lucha” es un término que verás constantemente, pero es solo una parte del asunto.

Un asunto este de vital importancia para nuestro país, particularmente en los tiempos de cambio que vivimos. Han pasado ya varios años desde que comenzaron las reformas en la isla, y nuestra sociedad se está moldeando de acuerdo con las nuevas corrientes. No obstante, a pesar de la discreta mejoría económica que se hace ver en algunos sitios, la corrupción y la desigualdad que esta genera presentan una amenaza terrible y que podría enquistarse aún más profundamente en nuestra sociedad.

Pero disgrego, y eso es un delito mortal con tanto contenido que cubrir. ¿Por qué mejor no comenzamos por el principio?

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Qué constituye corrupción

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la corrupción (en la acepción que nos compete) es: “En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores”.

Debemos tener en cuenta que en las sociedades modernas, la corrupción es un fenómeno endémico. En palabras del autor Yassel A. Padrón Kunakbaeva “su existencia, aunque extremadamente multicausal, puede comprenderse como un resultado del proceso de burocratización de la vida”. Asimismo, al enfrentarla encontramos muchas manifestaciones de variada naturaleza que podríamos contar como corrupción.

Según el psiquiatra Fernando Barral, en nuestro país ni el Código Penal ni la doctrina penal “definen ni mencionan la corrupción, es decir, no existe como concepto penal”. No obstante, en estos figuran una serie de delitos económicos (concepto tampoco definido penalmente) “asociados a la corrupción”. Así pues, podríamos interpretarlo como indicador de una insuficiencia definitoria de los instrumentos legales.

Sin embargo, la visión que tiene la mayoría población cubana de la esencia de la corrupción, aunque difusa, no es errónea. El público general suele entender como corrupción las actividades, de distinto tipo, que implican la apropiación ilegal, por parte de los funcionarios en cargos de dirección, de fondos estatales o de la propiedad social, lo que les permite disfrutar de un nivel de vida mucho más elevado que el resto de la población trabajadora, y privilegios y comodidades que no están a su alcance. También, aunque de forma cuasi-justificada, la famosa “lucha” y los favores burocráticos tienen su sitio en la conciencia popular de lo que implica este término.

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La “lucha” es de las más conocidas en Cuba

La más visible y extendida de estas manifestaciones es la archiconocida “lucha”, que clasificaría como lo que se conoce por “delincuencia ocupacional”. Para muchos autores como el propio Barral, esta sería el germen y antesala de la corrupción. Además, una no es simplemente el desarrollo de la otra, sino que entre ambos fenómenos existen diferencias específicas, un cambio cualitativo que permite distinguirlos. En tal sentido Barral propone considerar la corrupción como la delincuencia ocupacional de los cargos de dirección, de los funcionarios de alto nivel de una entidad, institución o departamento dados, es decir, de la cúpula de dirección. Dicho nivel lleva mayores atribuciones y control de considerables sumas de dinero (cubano o en divisa) y bienes, de ahí la magnitud que pueden alcanzar sus actividades delictivas.

Por su naturaleza, la corrupción tiene, por tanto, las siguientes características:

– Un grado elevado de actividades delictivas, porque no actúan individuos aislados, sino en red organizada que actúa de consuno. En casos bien desarrollados puede hablarse de una “institución corrupta”.

– Sus actividades involucran gran cantidad de dinero y bienes.

– Con frecuencia se extiende también a otras entidades y niveles, con los que existen relaciones de trabajo. Incluso pueden involucrarse, activa o pasivamente, las organizaciones políticas y sindicales de la entidad corrupta, pues es difícil que, por lo menos, no se enteren de lo que está ocurriendo.

– En casos excepcionales, los funcionarios corruptos pueden “contaminar” a sus superiores, mediante favores y otras formas de soborno indirecto.

– Tiende a extenderse a ciudadanos y firmas extranjeras, en la búsqueda de mayores ganancias ilícitas, especialmente en divisas.

– Afecta la eficiencia de la entidad, aunque se trata de que esta afectación no sea muy evidente, para evitar sanciones administrativas o políticas.

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Resumiendo

– En resumen, la entidad corrupta se desvía de los objetivos y funciones que tiene asignada, para perseguir los fines particulares en beneficio de los autores.

Por otro lado, encontramos al burócrata corrupto que esta como a mitad de camino tendiendo hacia una u otra dirección del espectro de acuerdo a la naturaleza de su profesión, puesto de trabajo y/o accionar corrupto. La mayoría de los que consideraríamos dentro de esta categoría no están usualmente asociados al desvío de fondos y recursos (o al robo directo), sino que tienden más al recibo de sobornos y la venta de favores.

En palabras de Padrón Kunakbaeva:

“Por un lado, el burócrata es parte de una estructura enormemente poderosa, por sus manos pasan decisiones que afectan la vida de muchas personas. A veces, eso se expresa también en la forma de grandes sumas de dinero que deben ser manejadas. El cumplimiento de los objetivos de toda la estructura depende de que el burócrata sea eficaz y se apegue a lo establecido.

Por otro lado, se trata de un individuo de proporciones minúsculas si se le compara con la estructura, el cual tiene necesidades que muchas veces no tienen nada que ver con los intereses de la institución. En otras palabras, el burócrata tiene hijos a los que alimentar, mujeres a las que conquistar, bienes que comprar, y muchas veces lo único que lo separa de cumplir sus sueños es alargar la mano para robarle a una estructura fría y despersonalizada, con la que no se identifica. Así comienza la corrupción.”

Breve análisis de la corrupción y la “lucha” en Cuba

Hace no mucho me vi obligada a explicar a una amiga extranjera el por qué hablábamos de corrupción cuando no había movimiento de dinero involucrado. Para ella la corrupción implicaba –por ejemplo –pagar una determinada suma a un funcionario para alterar los registros de propiedad de una zona codiciada; o a un político que desvía fondos públicos a una cuenta en Suiza. Ese tipo de casos, no obstante, no son los más visibles en nuestro país y sobre la incidencia real que tengan en nuestra economía poco podemos decir por falta de información. Sin embargo, los visibles, pues no negocian tanto en dinero, como en favores.

Por ejemplo: el administrador de un círculo social X presta el local para los 15 de la hija de Y, director de la Empresa Z. En el servicio se incluyen algunos productos gastronómicos y el audio. En esta prestación de servicios no intervino relación monetaria alguna. No fue más que el producto de las relaciones de trabajo de algunos años, donde se crearon vínculos personales de una amistad incumbida. Curiosamente, un par de meses antes dicho administrador se encontraba inmerso en la titánica tarea de tirar una placa en su casa; y fue justamente su amigo director de empresa quien amablemente le consiguió algunos sacos de cementos y par de cabillas que le eran prohibitivos para el salario que percibía.

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Todos resolvemos

Esto no es más que una escena familiar en el paisaje socioeconómico de nuestra isla. El “resuélveme”, “tírame un cabo y yo te doy un salve”. Al “resolver” un problema se crea entre las personas algo cercano a un contrato no verbal y un compromiso a devolver el favor. Así se va tejiendo una telaraña de obligaciones y favores entre jefes y subordinados o dirigentes del mismo nivel jerárquico y administradores de diferentes sectores de la economía. En el cual se van creando círculos de amistades, influencias y poder al mismo estilo de la mafia siciliana.

Como moneda de cambio rara vez se haya el dinero. Son simples cantidades pequeñas de productos o servicios que son desviados para satisfacer necesidades individuales. Además, cuando el director de un centro extiende uno de estos “favores”, se ve obligado a involucrar a algunos subordinados y una vez que estos tienen conocimiento ¿cómo tendría autoridad para negarles a estos trabajadores “resolver” sus propias necesidades? Así pues, se establece un ciclo sin fin; porque no debemos perder de vista que, al fin y al cabo, todos estos favores implican algún nivel de ilegalidad. Entonces queda impuesta una omertá pues si cae uno arrastra a los otros.

Lo realmente absurdo aparece cuando estos métodos de corrupción no solo se utilizan para resolver problemas personales; sino que se emplean también realizar gestiones administrativas. Cuando el burocratismo, los millares de regulaciones y kilómetros de cinta roja ponen freno al proceso de gestión empresarial y, como forma de circunnavegarlos, los jefes hacen manos de este tipo de técnicas para –una vez más –resolver situaciones legítimas de sus centros.

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¿Cómo llamar entonces al fenómeno? ¿Seguirá siendo corrupción?

Esto le resultó aún más extraño a mi amiga. Realmente, ¿esta forma de actuar entra dentro de la tipología “corrupción”? En la libre empresa, el trato preferencial y/o diferenciado a los clientes, asociados u otras empresas con las que se establecen negocios no es sino una práctica comercial. No obstante, aquí hablamos de una empresa estatal que tiene que responder a un mando centralizado (usualmente el ministerio que le corresponda) y que, en muchas ocasiones, cuenta con muy poco poder de decisión y libertad de gestión propias.

Lamentablemente tanto la “lucha”, el “resolver” como la burocracia han echado profundas raíces en nuestra sociedad y son fenómenos que vemos muy a menudo. Por otro lado, aunque no veamos tanto la corrupción administrativa a una mayor escala, esas actividades –por sigilosas que sean –también trascienden y llegan a ser conocidas por una parte considerable de la población. Sin embargo, no abunda el pronunciamiento al respecto por los canales oficiales.

Respuesta oficial y consideraciones lógicas

La realidad es la siguiente, la corrupción es un fenómeno que nuestro país debe enfrentar seriamente pues presenta una amenaza para el crecimiento saludable de la economía cubana. Debemos enfrentarla a todos los niveles y con la mayor transparencia posible.

En noviembre de 2005 el propio Comandante Fidel Castro alertó sobre el peligro que este fenómeno representaba para el futuro de la isla al declarar que la Revolución “solo podrá ser destruida por nosotros mismos”. Tiempo después, en diciembre de 2011 nuestro anterior Presidente, Raúl Castro, le declaró guerra abierta al definirla como “equivalente a la contrarrevolución”. Además, el Comandante Raúl tomó también una medida firme en pos de ganar la batalla, al otorgar a la Contraloría General el rango de vicepresidencia de Estado. Por supuesto, para nuestro actual Presidente este es uno de los principales frentes de combate. En estos momentos se está haciendo mucho énfasis en el castigo y la vigilancia, en los aspectos morales de la “lucha” y la corrupción del mercado negro; no obstante, hay aún cierta carencia en las soluciones ofrecidas.

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Debido al sistema se ha aumentado el tema de la “lucha”

“Lo peor es no reconocer que todo eso pasa porque muchos aspectos del sistema son obsoletos y no funcionan. Y cuando un sistema no funciona, la gente, espontáneamente, inventa el suyo propio para sobrevivir. Y a esa necesidad de supervivencia de los que no tienen nada también la llamamos corrupción. A pesar de que los que prohíben esto o aquello tienen la mayoría de sus problemas materiales resueltos”, escribió a comienzos de año el trovador Silvio Rodríguez. No es –y esto debo recalcarlo –que perdonemos la “lucha”; pero tampoco podemos negar el hecho de que se trata de una parte compleja dentro del propio fenómeno de la corrupción y poco se ha dicho hasta ahora sobre una de sus principales causas: el salario insuficiente.

“Hablamos de un flagelo que afecta a toda la sociedad y está incidiendo en la buena gestión pública. Frente a todo ello, la pasividad de los individuos es preocupante”, consideraba en abril pasado Oscar Luis Hung Pentón, presidente de la Asociación Nacional de Economistas y diputado a la Asamblea Nacional, al participar en el espacio de discusión ‘Último Jueves’, organizado por la influyente revista de ciencias sociales Temas. Una encuesta conducida recientemente por esa publicación reveló que los bajos salarios son considerados –a nivel del ciudadano común– la principal causa para el crecimiento acelerado de la corrupción, que en el contexto informal no se define como tal sino bajo el eufemístico apelativo de “lucha”.

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Lamentablemente, para un segmento creciente de la sociedad no constituye una actitud reprobable, lo de la “lucha”.

“Piénsese en el salario medio de Cuba, muy cercano a los 650 pesos cubanos [unos 21 euros]. Después compáresele con el monto de la cesta básica hoy día, que oscila sobre los 1.800 pesos cubanos [alrededor de 60 euros]. Si alguien tiene duda, calcule –por lo bajo– cuánto, entre comida y quizás algo más, se necesita para vivir al mes. ¿Cómo cubrir lo que falta? (…) No todo puede ser el dinero de afuera de algún familiar”. La anterior reflexión pertenece a Miguel Alejandro Hayes, uno de los articulistas que habitualmente encuentra cabida en el sitio digital La Joven Cuba (LJC).

Sobre este tema no se ha hablado lo suficiente; y no, no es desviar la conversación ni intentar justificar. Personalmente, considero que nada justifica el robo. Sin embargo, la mayor parte de las veces que se intenta ahondar en estos temas no hay una buena recepción por parte de las figuras de autoridad. Lamentablemente, si bien se hace mucho hincapié en la crítica y autocrítica, lo que esperan muchos no es más que un mea culpa y cambiar de tema.

La frase “el Estado te lo da todo” no constituye justificación para una mala administración/distribución de recursos. El Estado no produce, el pueblo produce y el Estado distribuye. Y nuestro Estado, específicamente, se compromete a distribuir de la forma más equitativa posible; así que nosotros –como ciudadanos –confiamos en nuestros funcionarios para ejecutar planes presupuestarios que ubiquen los recursos donde son más necesitados y efectivos. La salud, la educación, la industria alimenticia, el desarrollo de nuevas infraestructuras, etc.

Economía más saludable y sin “lucha”

La aparición en Cuba de la propiedad privada y de las cooperativas es sin duda un paso en dirección a una economía más saludable y a sistemas menos propensos al burocratismo (y todos sus males). Comparado con un sistema estado-céntrico monolítico, la introducción de nuevos actores en la economía resulta un avance. Sin embargo, vale la pena añadir que todavía es mucho lo que se puede hacer. Aun se podrían incorporar nuevas formas de economía social comunitaria que son poco conocidas en nuestro contexto. Se podría, además, dar un mayor protagonismo a los poderes locales, los Consejos del Poder Popular.

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La democracia obrera podría ser fortalecida y dejar de existir la “lucha”

Por otro lado, se ha hablado poco de la corrupción a mayores escalas; esa que hace las delicias de los tabloides sensacionalistas por todo el mundo, y de la que el pueblo cubano se entera por fuentes indirectas y el “boca a boca”, porque todo el mundo tiene un amigo o un pariente que tiene un amigo que conoció del problema, de modo que todo el mundo sabe más de lo que se informa.

Ese tipo de corrupción que existe, aunque no nos guste reconocerlo y que no se puede explicar de la misma forma que la “lucha” o los “favores”; sino de una forma mucho más bíblica, por así decir: la avaricia. Poniendo un ejemplo no tan reciente, en 2010 el entonces presidente del Instituto de la Aeronáutica Civil (IACC), el general de división “histórico” Rogelio Acevedo, fue destituido deshonrosamente de su cargo y pasado a un discreto destierro interior.

Como parte del mismo proceso, otros quince funcionarios de alto nivel pertenecientes a Cubana de Aviación y a la agencia turística Sol y Son recibieron penas de entre tres y quince años de cárcel, y dos chilenos Marcel y Max Marambio, condenas de quince y veinte años de prisión, respectivamente. La trama delictiva descubierta en esa ocasión incluía el uso de aviones cubanos para el traslado de miles de turistas hacia la isla, sin que la empresa estatal percibiera ingresos por tales servicios, o el arrendamiento de las aeronaves a terceros, también para beneficio de los implicados.

Cuando se dan situaciones de esa naturaleza la respuesta oficial (excluyendo las Causas no. 1 y 2) ha tendido siempre a facilitar el mínimo de información posible, lo cual no genera una buena impresión en el público general. Ahora nos referiremos a eso.

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El peligro de No dar armas al enemigo

En su trabajo “Aproximación sociológica al problema de la corrupción en Cuba”, Fernando Barral explica: “Pero la divulgación de los casos de corrupción se aboca a una disyuntiva difícil. Por un lado, da armas y argumentos al enemigo, fuera y dentro del país. Por el otro, no divulgarlos afecta la relación del pueblo con los dirigentes; crea sensación de impunidad en otros individuos corruptos; y debilita tanto o más el prestigio y la credibilidad de las autoridades, que informarlos, junto con las sanciones adoptadas. Desconocemos si se han realizado estudios sobre la corrupción en Cuba, pero en cualquier caso no se han divulgado sus resultados, lo que dificulta la investigación ulterior.” ¿Es este secretismo la mejor forma de actuar?

“Hubo un tiempo en el que los padres educaban a sus hijos bajo el principio de ser ‘pobres pero honrados’. Hoy ese concepto se ha perdido casi por completo. Algo muy grave pasa en un país cuando la gente que busca trabajo; al presentarse optando por una plaza, no se cohíbe para preguntar qué ‘lucha’ pueda tener en ese puesto. En las oficinas y los hospitales se impone hacer ‘regalos’ para que lo atiendan a uno. Si se analiza con detenimiento, es inevitable concluir que la situación no mejorará; pues todos los jóvenes nacidos durante los últimos treinta años han crecido viendo como normal ese estado de cosas”; lamenta “Aldo”, un ingeniero retirado de la industria azucarer. Quien confiesa haber dejado los centrales “molesto por tanto robo y tanta impunidad”.

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¿Hay realmente tanto robo e impunidad? ¿Son todos los jefes corruptos los que permiten la “lucha”

Preguntas como estas no son difíciles de imaginar floreciendo en la población cuando no existe una apertura y claridad respecto a estos crímenes. Como dijimos antes: al final la gente siempre se entera. Cuando la historia corre de boca en boca en vez de por canales apropiados; ¿cuánto de peor no será el resultado?

No se debería frenar la información básica que se le debe al pueblo por el temor al enemigo. La población merece saber si su confianza ha sido traicionada y cuáles serán las consecuencias para el infractor. Si bien el Ministerio del Interior se niega periódicamente a publicar las estadísticas oficiales sobre el delito en la Isla; un inédito reporte presentado en mayo de 2012, cifró en 57.537 el número de internados en los distintos tipos de prisiones existentes en el país. Se trata de un registro que ubicaría a Cuba en el sexto puesto mundial; por la proporción de su población carcelaria respecto a la cantidad total de habitantes (510 reclusos cada 100.000 personas; solo por detrás de los Estados Unidos, El Salvador, Turkmenistán y algunas pequeñas naciones insulares; y casi cinco veces el promedio de España, que es de 110).

En un país con bajos índices de violencia –sobre todo, si se compara con el contexto regional–, delitos como el desvío de recursos estatales; el cohecho o la recepción de bienes robados constituyen el motivo de la mayoría de las causas instruidas por los tribunales. ¿Son correctas estas cifras?

Estar siempre claro es importante

Mantener una fachada incólume ante quienes te desprecian; generando la desconfianza de quienes te apoyan no es un buen plan de acción. Es simple sentido común que la mejor forma para combatir la corrupción; es la transparencia y claridad en los procedimientos llevados a cabo. Si no reconocemos abiertamente el problema, entonces no podremos actuar libremente para erradicarlo; ni regocijarnos una vez que haya sido eliminado. Dice el refrán: errar es de hombre y rectificar de sabio.

Bueno, como diría Residente “tengo mucho que decir y muy poco papel”, pero mejor dejamos aquí este río de consciencia; antes de que se enrede tanto que ni yo sea capaz de verle pies o cabeza.

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Carlos

Joven emprendedor cubano, lleno de sueños y ambiciones. Director del proyecto Rincón-Cubano, con muchas ganas de trabajar y sacarlo adelante. Aficionado de la escritura y amante de este mi país

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