Las células inmortales de Henrietta Lacks

Henrietta Lacks, fue una humilde mujer afroamericana quién murió de cáncer de cuello uterino el 4 de octubre de 1951. Aunque su enfermedad fue una tragedia para su familia, para el mundo de la investigación médica, y para cada uno de nosotros en el planeta; fue algo así como un milagro. Es que, aunque parezca algo sacado de la ciencia ficción, sus células siguen vivas más allá de la muerte de Henrietta.

La historia comienza cuando Lacks, con 30 años, descubrió un bulto en su cuello uterino mientras estaba en su bañera en casa. Un doctor privado la remitió al Hospital Johns Hopkins, en Baltimore; para que se realizara más pruebas y en enero de 1951 le fue diagnosticado cáncer. Lacks, esposa de un trabajador siderúrgico y madre de cinco hijos, fue tratada con radiación y enviada a su casa. Sin embargo, su condición empeoró y tuvo que ser hospitalizada en agosto. Dos meses después falleció, tenía solo 31 años.

La historia de Henrietta no terminó ahí. ¿La razón? Porque en los años posteriores a su muerte, las células de Lacks, extraídas de su tumor mientras ella se sometía a cirugía; han sido responsables de algunos de los avances médicos más importantes de todos los tiempos. La vacuna contra la polio, la quimioterapia, la clonación, el mapeo genético y la FIV: todos estos hitos en la salud, y muchos más; le deben todo a la vida y la muerte de esta joven madre.

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La historia continúa

Las células de Lacks, nombradas como HeLa usando las primeras dos letras de cada uno de sus nombres; se convirtieron en la primera línea celular humana inmortal en la historia. Los científicos en el hospital Johns Hopkins habían estado trabajando durante años para intentar comenzar una línea celular que se reprodujera continuamente; pero las células siempre morían después de un periodo de tiempo. Las de Lacks fueron las primeras en sobrevivir, introduciendo una línea de células que se reproducían constantemente y que son; literalmente y por definición científica, inmortales. (Las células ordinarias, extraídas de un cuerpo humano y almacenadas en un laboratorio tienen una vida útil limitada. Sin embargo, una línea celular inmortal se cultiva de una manera particular; por lo que tiene la capacidad de proliferar indefinidamente).

No está claro por qué las células HeLa fueron las que sobrevivieron cuando cientos de otros cultivos murieron. Una suposición válida es que la razón estaba relacionada con la ferocidad de su tumor; que parece haberse vuelto más virulenta por el hecho de que Henrietta también sufría de sífilis. Se sabe que las células normales e incluso las cancerígenas -dice el oncólogo peruano Elmer Huerta- tienen 46 cromosomas; pero las HeLa tienen 3 veces más. “Parece que es la manera en que el Virus Papiloma Humano (VPH, causante del cáncer de cuello uterino) se ha integrado al genoma de estas células HeLa, lo que ocasiona este caso especial”. Las células tumorales pueden soportar de tres a cuatro divisiones y luego mueren, pero las HeLa siguen multiplicando incluso sin un soporte humano, son inmortales.

Muchas otras investigaciones fueron posibles después

Tan pronto como quedó claro que HeLa continuaría reproduciéndose, todo tipo de investigación y experimentos de repente se hicieron posibles. Para empezar, tener células vivas disponibles fuera del cuerpo humano significaba que los médicos podían observar la división celular. Además de ver cómo se comportaban los virus dentro de las células. Era posible exponer a las células a condiciones que no serían éticas si estuvieran dentro de un cuerpo humano; por ejemplo, los médicos podrían bombardearlas con carcinógenos y observar los resultados. El médico George Gey, al tanto de este insólito descubrimiento, ofreció las células a otros investigadores de Estados Unidos; y de allí llegaron a las manos de científicos de todo el mundo.

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Células HeLa siempre expuestas

En los años transcurridos desde 1951, las células HeLa han estado expuestas a infinitas toxinas e infecciones; han sido eliminadas por la radiación y en ellas se han probado innumerables drogas. Se cuentan más de 75.000 estudios entorno a ellas, las únicas capaces de seguir multiplicándose fuera del cuerpo de un donante. Todo esto –y mucho, mucho más –ha llevado a cientos -tal vez miles -de nuevos conocimientos. Ha ayudado a modelar la forma en que se condujo la medicina en la segunda mitad del siglo XX y la primera década de este.

Por ejemplo, “se usó para que el virus de la Polio (Poliomielitis) crezca en ellas y como eran inmortales; permitió que el virus también se inmortalice. Con eso hicieron la primera vacuna contra la Polio. Y HeLa fue la primera célula clonada”, destaca Huerta. Ciertamente debemos mucho a estas células. De hecho, hay mucho de las células HeLa actualmente: un investigador ha estimado que, si las colocaras de extremo a extremo; se envolverían alrededor del planeta al menos tres veces.

Probablemente nadie se sorprendería más de saber esto que la propia Lacks (quien, en su vida, medía cerca de un metro y medio de altura). Sin embargo, mientras que durante décadas las células HeLa se usaban rutinariamente en laboratorios de todo el mundo; y se las aclamaba como fundamentales en el avance tras el avance, nadie parece haberse detenido a pensar en las personas que hay detrás de ellas.

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La investigación de Skloot

Luego, 37 años después de la muerte de Lacks, una estudiante de 16 años llamada Rebecca Skloot; estaba sentada en una clase de biología cuando su maestra explicó cómo comienza el cáncer, y que el proceso se había aprendido al estudiar células en cultivo: células HeLa. Las células, dijo la maestra, vinieron de una mujer llamada Henrietta Lacks. Al terminar la clase Skloot se quedó en el aula. “Le dije a mi maestra: ¿quién era esta mujer que Henrietta no tiene? ¿De dónde era? ¿Tenía hijos? Pero lo único que sabía el maestro era que era negra y que en 1951 había muerto de cáncer de cuello uterino”, cuenta. Fue algo que marcó a la joven.

Hoy día Skloot no es ya una colegiala, sino una periodista científica con una licenciatura en ciencias biológicas; quién pasó diez años investigando la historia detrás de las células HeLa, tratando de traer la historia de Lacks a la luz. Una historia conmovedora que capturó la imaginación del público; al ser revelada en el Best-Seller de 2010 “The Immortal Life of Henrietta Lacks” (La vida inmortal de Henrietta Lacks), escrito por Skloot.

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Grande confesiones del sistema de salud

Lo que Skloot develó puso al sistema de salud estadounidense, y más allá de eso, los científicos de todo el mundo que dependen de la buena voluntad de los pacientes; pero que no se comunican eficazmente, en el foco de atención: mientras las células de Lacks estaban cambiando la cara de la medicina modern; su esposo y sus hijos no solo no sabían nada al respecto, sino que también carecían de la atención médica adecuada. “Lo que más le sorprende a la mayoría de la gente es que las células de Henrietta fueron tomadas sin su conocimiento y sin su consentimiento”, dice Skloot. “Pero esa es una práctica estándar, aquí en el Reino Unido como en los EE. UU. Si firma un formulario de consentimiento general antes de la cirugía; cualquier muestra de células extraídas puede usarse para investigaciones posteriores, y los médicos no tienen que avisarle.”

“El punto de vista general de las ciencias médicas es que las células tomadas de un individuo y utilizadas para investigación benefician el bien común, por lo que está bien usarlas. Pero la historia de Lacks muestra que no es cierto, ciertamente no en América, de todos modos. Porque las células de Henrietta se usaron para desarrollar tratamientos médicos, pero esos tratamientos solo estaban disponibles para las personas que podían pagar un seguro médico, y las familias empobrecidas como los Lacks eran exactamente el tipo de familia que no podía”, elabora la periodista.

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El Helas fue tomando valor y nunca se acordaron de la familia de Henrietta

Para empeorar las cosas, las células de Lacks estaban haciendo a algunas personas -las compañías farmacéuticas -ricas. Más específicamente, los bancos celulares y las compañías de biotecnología vendían sus viales al por menor: la tarifa actual para una dosis de HeLas es de alrededor de US $260. Sin embargo, ni un centavo de las ganancias que sus células habían ayudado a generar; se dirigió a sus descendientes. Además, si bien las células de su madre ganaban la aclamación científica mundial, la suerte de la familia Lacks se desplomaba.

Tragedia familiar

No fue, por supuesto, tan sorprendente. La familia Lacks no era, y no es, rica. El esposo de Henrietta, Day (con quien tuvo su primer bebé a los 14 años) trabajó en una fábrica de acero en Baltimore; ganando unos 80 centavos por hora. La vida en su hogar era lo suficientemente difícil, con cinco hijos para alimentar; incluso antes de que su madre tuviera cáncer. ¿Qué oportunidad tendrían con ella fuera? Los cientos de entrevistas que componen el testimonio de Skloot revelan una historia trágica.

Su última petición para Day fue que “cuidara de los niños… no dejes que les suceda nada”. Y Day hizo todo lo posible, pero las probabilidades estaban en su contra. Su hija mayor, Elsie, que tenía problemas de desarrollo; ya se encontraba en el Hospital for the Negro Insane (Hospital de los negros locos). Murió allí poco después de su madre. Un hijo, Joe, abandonó la escuela, luego apuñaló a otro chico y fue sentenciado a 15 años de cárcel. La hija, Deborah era una madre adolescente que luego dejó a su marido después de que este la golpeara.

Para cuando Skloot los encontró en 2000, casi todos tenían mala salud: Day tenía cáncer de próstata y pulmones llenos de amianto; un hijo, Sonny, tenía un corazón débil; Deborah tenía artritis, osteoporosis, sordera nerviosa, ansiedad y depresión. Ninguno tenía cobertura de seguro médico ni dinero para el tratamiento. Otro hijo, Lawrence, preguntó a Skloot: “si nuestra madre es tan importante para la ciencia”, “¿por qué no podemos obtener un seguro médico”?

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Casualidad

Fue la esposa de Lawrence, Bobette, el primer miembro de la familia Lacks en enterarse de las células de Henrietta, y de casualidad. Ella había conocido a un investigador de cáncer y, al decirle su nombre, el investigador comentó que estaba trabajando en el laboratorio en algunas células que provenían de una mujer llamada Henrietta Lacks. Bobette dijo que ese había sido el nombre de su suegra, pero no podía ser ella porque llevaba muerta varios años. Luego el investigador explicó que, de hecho, las células habían estado creciendo durante desde 1951.

Fue una manera bastante brutal para que su familia descubriera qué había pasado con las células de Henrietta. No obstante, lo habrían descubierto tarde o temprano. La línea celular se había contaminado y los científicos se dieron cuenta de que necesitaban probar a los descendientes de Henrietta para descubrir qué los había contaminado. “Pero cuando regresaron para tomar muestras de células, no explicaron adecuadamente a los Lacks lo que estaba sucediendo”, dice Skloot. “Los hijos de Henrietta pensaron que estaban siendo probados por el cáncer que la había matado… Deborah esperó durante meses pensando que iba a descubrir si moriría de la misma manera agonizante que su madre”.

Así se evidenció uno de los grandes problemas que planteó en su libro: los problemas de comunicación que existen a veces entre médicos, investigadores y pacientes. En muchos sentidos, Skloot se convirtió en la “traductora” que la familia de Lacks tan desesperadamente necesitaba. “Generalmente, cuando trabajas como periodista, le preguntas a la gente sobre su historia, pero cuando conocí a la familia Lacks, les conté sobre la suya”, dice Skloot.

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Controversia

Otra pregunta que plantea su libro -y que probablemente se vuelva aún más pertinente en el futuro, a medida que la investigación médica se convierte en una industria cada vez más grande y multimillonaria es: ¿qué tanto derecho tenemos sobre las materias primas de nuestra fisiología? ¿Qué derechos tienen los proveedores de la muestra original, o sus familias, si posteriormente se descubre que vale la pena patentar sus líneas celulares?

Pero el punto más importante que Skloot quiere hacer es que detrás de cada probeta de células subyace una historia real y humana. “El tejido a menudo se deshumaniza, se lo menciona en informes médicos y documentos, y nadie parece recordar que por cada muestra biológica que se usa en cualquier laboratorio, en cualquier lugar, hay una persona”. Quizás sorprendentemente, dice que las personas que conspiran para hacer que esto sea como es (los mismos científicos cuyos experimentos requieren células y tejidos humanos) han aceptado favorablemente su libro. “Un investigador dijo que nunca había pensado en la persona detrás de las células y ahora sabe la historia, cuando está trabajando en células HeLa siente que hay un fantasma en el laboratorio: el fantasma de Henrietta”, declaró.

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Homenaje

El pasado año fue estrenada una película basada en el Best-Seller de Skloot. La trama de “La vida inmortal de Henrietta Lacks”, como también fue titulada; se centra en el periplo de una mujer negra (Deborah, interpretada por Oprah Winfrey) que trata de conocer quién fue su madre. “Nadie tiene células que revolucionan la medicina moderna”, señala George Wolfe (director de la cinta); “pero todos queremos saber quién nos creó”. Deborah, añade Oprah, “necesitaba saber de dónde venía para definir su identidad”.

Mientras tanto, en un cementerio de Virginia, donde Henrietta Lacks fue enterrada en una tumba sin nombre, se ha erigido finalmente un monumento. Está dedicado a la memoria de una mujer que, como dice, “tocó la vida de muchos”; y no se ha inscrito oración tan cierta como esa.

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Carlos

Joven emprendedor cubano, lleno de sueños y ambiciones. Director del proyecto Rincón-Cubano, con muchas ganas de trabajar y sacarlo adelante. Aficionado de la escritura y amante de este mi país

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